Mi reino sin orillas


Mi reino sin orillas

11,00
El precio incluye el IVA


Consuelo Hernández

Prólogo: Astrid Fugellie
112 págs.
ISBN: 978-84-7839-643-6
2016

 

Una vez más Consuelo Hernández muestra que es una poeta prolífica y talentosa. Ha publicado varios poemarios y sus trabajos han sido incluidos en las mayores antologías y en importantes revistas literarias.
Su poesía es integral, plena de su intenso lirismo, de su sensibilidad e intuición y de su aguda inteligencia.
Me encantó esta colección de poemas de Mi reino sin orillas, llenos de pasión, nostalgia, y una tristeza profunda. Es un poemario hermosísimo y difícil en el sentido de que el camino emotivo que evoca es bien duro.
Edith Grossman
Columbia University

 

Recomienzo

Reinicio este constante desplazarme
atravieso montañas, desiertos y llanuras
ni míos ni tuyos
los dominios de la imaginación...

Ríos, volcanes, lavas y cenizas
un incendio interior me devora
las sombras cabalgan en la nueva aurora
peregrino por las cuatro estaciones
derrumbo murallas
confundida entre la turba
entre el huracán y las aves
        busco la antorcha
la palabra
        que dé en el blanco
el aroma de la hierba silvestre
        la patria de nostalgias
y viborea en mi cuerpo
una violenta sensación de amor.

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CONSUELO HERNÁNDEZ nació en Colombia de donde salió en 1977, ha vivido en Venezuela, Perú, Puerto Rico y Estados Unidos, y ha pasado temporadas en España y Suiza. Ha sido profesora de literatura y estudios latinoamericanos en la Universidad Simón Rodríguez en Caracas Venezuela,  en New York University,  Manhattanville College,  Fordham University y en American University en la ciudad de Washington, donde trabaja desde 1995.
Es la organizadora del Festival de poetas latino-americano en Washington DC.  Ha participado en numerosos congresos y recitales de poesía como El Festival Internacional de Poesía en Medellín Colombia,  La biblioteca del Congreso en Washington, La Biblioteca Pública de Nueva York,  Haskell Center of Folger Shakespeare Library,  La Fundación Pablo Neruda en Valparaíso, La sociedad de Escritores Chilenos, El festival de Mujeres poetas en México,  El festival de poetas latinos de Nueva York, el festival de poesía de El Salvador, el Congreso Internacional de poesía en Hungría, el Instituto de Cooperación Iberoamericana en Barcelona, España.
Ha obtenido numerosos galardones, entre los que destacamos:  Premio Antonio Machado de Poesía (Madrid, 2011), Finalista del concurso Letras de Oro de la Universidad de Miami y del Concurso Internacional de Poesía «Ciudad de Melilla» en España. Diploma de Distinción y Reconocimiento a  su Obra Poética (2003) del Consulado de El Salvador.
Ha sido traducida al árabe, inglés  e italiano.
Ha publicado los poemarios: Voces de la soledad (1982), Solo de violín (1997), Manual de peregrina (2003), Poemas de escombros y cenizas (2006) y Polifonía sobre rieles (2011). Autora de dos libros sobre poesía: Álvaro Mutis: una estética del deterioro (1996), Voces y perspectivas en la poesía latinoamericana del siglo XX (2009) y más de cincuenta artículos de crítica literaria.


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LA IMPOSIBLE DERROTA
Notas sobre el poemario Mi reino sin orillas (2016) de Consuelo Hernández
por Amelia Mondragón
Howard University, Washington DC

  

 

 Mi reino sin orillas, el más reciente poemario de Consuelo Hernández, nos revela un espacio intensamente acotado y, paradójicamente, profundo y pleno.  Se dice fácilmente lo que resulta obvio, pero no hay nada fácil en este libro de poemas.  Consuelo Hernández llegó a él en plena madurez, después de explorar la poesía durante cuatro poemarios previos, después salir de Medellín, su casa colombiana, para radicarse definitivamente en los Estados Unidos, tras haber permanecido durante diez años en Venezuela. Y, por si fuera poco, después de muchos viajes a lo largo y ancho del planeta y de pérdidas irrecuperables.

    Pertenece Consuelo Hernández a la generación de poetas hispanoamericanas logradas en los ochentas y noventas. El sello de este grupo, tan particular como el que configuró la generación de los años veintes y treintas (Alfonsina Storni, Gabriela Mistral y Julia de Burgos, entre otras) y la de los cincuentas y sesentas, en la que destacan Rosario Castellanos, Blanca Varela e incluso Nancy Morejón, forja su rúbrica a partir del reajuste político y económico que siguió a las brutales dictaduras del Cono Sur y a las violentas confrontaciones en países como Colombia, El Salvador y Nicaragua. El período de democratización que a rasgos generales se impuso en Hispanoamérica durante los ochentas estuvo simultáneamente caracterizado por el neoliberalismo y las aspiraciones de las izquierdas a legitimar sus discursos en los Estados nacionales. Los rápidos cambios económicos y los conflictos sociales pronto dejaron como saldo cantidades de exilados e inmigrantes que, por primera vez en nuestra historia, llegaron en oleadas a países hispanoamericanos que aún gozaban de cierta estabilidad a Los Estados Unidos y a Europa.

    Quizás para tal trance hayan estado las poetas mejor preparadas que los poetas. Después de todo, la poesía hispanoamericana había comenzado su modernidad en Hispanoamérica marcando escisiones en el “’yo”, es decir, dividiéndolo entre un “interior y un “exterior”.

    Por supuesto, la división había nacido con el mismo movimiento modernista, con José Martí, en cuyos Versos sencillos aparecen diversas escisiones, padre/hijo, héroe/ traidor, y la más interesante para nuestro comentario, la que señala un “yo” íntimo no muy lejano al que luego describiría Rubén Darío en el poema “Yo soy aquél que ayer no más decía”, e inoperante para la lograr la independencia cubana a la que Martí aspiraba. Este yo íntimo, un “paje” o un “muerto” que irrumpe en la habitación del poeta, es melancólico, inconsolable, y definitivamente un estorbo para el yo social (Ángel Rama. La dialéctica de la modernidad en José Martí).  Su presencia en la poesía modernista muestra un nuevo sentido histórico, pues ese yo, desprovisto de la perspectiva Ilustrada o racional de la Historia, reclama su derecho a existir, a no ser expropiado de la vida, a ser sujeto y, por lo tanto, a tener su pequeña historia personal.

    Las escritoras nacidas con los últimos aletazos del Modernismo cavaron en esta visión que llegaría incluso, con importantes modificaciones, hasta Rosario Castellanos.  Por lo tanto, aún en los sesentas y setentas la poesía femenina contemplaba la fractura del yo en términos no muy diferentes a los propuestos por la percepción modernista, ya que el proyecto de una conciencia integral seguía tropezando con ese espejo roto que la chatura de su sociedad le entregaba a la escritora y en el que ella se contemplaba como un mecanismo dislocado, hecho de partes discrepantes.

    Por irónico que parezca, el éxodo político y económico, sumado a la denuncia social que se abrió paso durante el período de democratización, le otorgó a la voz poética femenina un carácter certero y unívoco. No era para menos. El hecho iba precedido por los papeles sociales que las mujeres se habían adjudicado tanto en los movimientos de resistencia como en exilios e inmigraciones que las colocaron frente a competitivos campos de trabajo.

    Así, en menos de dos décadas, las escritoras hicieron suyo su propio cuerpo y el cuerpo social, de allí que la voz lírica femenina haya simultáneamente naturalizado la sexualidad, la maternidad y los lazos familiares, y haya podido sentirse como parte activa en el tejido social, sobre cuyos sectores en desventaja extendió una singular y extraordinaria empatía.

    Consuelo Hernández es una de las pocas poetas hispanoamericanas que agrega un sentido existencialista a los inmensos logros de su generación. El suyo, como bien lo dice el título de su poemario, es un reino sin orillas, sostenido por un mundo que sólo puede rehacerse en la memoria, y por ese otro, el tránsfuga presente, que se le muestra desnudo, privado de contextos.  Sin embargo, como la rebelión de Albert Camus, la de Consuelo Hernández es incisiva y no requiere de justificaciones: vivir y persistir son actitudes de desafío al sinsentido de la muerte, la separación y el sufrimiento. Por eso, nos dice en el poema “Para suicidas”:

 

            Antes de que emprendas tu regreso,

            Descubre del cóndor su saber

                    y serena

                        sin vértigo

                            sin asco

            ante la carroña de los precipicios

            aprende a navegar en las alturas. (40)

 

    No hay otra alternativa. Sin la extraordinaria libertad de las alas, su ir y venir que nos permite visualizar una situación desde diversos ángulos y como un todo orgánico, cuyo conocimiento es vital para la sobrevivencia, sólo queda caminar, ir de un lado a otro, recorriendo el pasado y el presente para afirmar que “somos” a través de un acto de voluntad. De ahí que sea tan característico en la poesía de Consuelo Hernández el movimiento perpetuo, físico y psicológico, que conjura la muerte o la transciende:

 

            (…)

            Camino sola,

                me adelanto, encuentro compañía

            pasamos entre la multitud

            derramándonos en todas direcciones

            este, oeste, sur y norte

            me demoro

            me recojo de nuevo

            mercurial voy

            me convierto en un hilo en el espacio

            y se pierde en la inmensidad

            soy un punto

            nada.

                            (“Direcciones,” 52-53)     

                                

    La muerte, para Hernández es “la rutina asesina”, es decir, cuanto no fluye y se enquista, Y aun cuando por momentos resiente su rebelión, reconoce que sin ella no hay presente y por lo tanto, tampoco un pasado que justifique la existencia del hoy. Por eso nos dice en “Zapatos nuevos”:

 

            No es fácil amaestrar los pies

                para los vericuetos del camino

            no es fácil domar zapatos nuevos.

 

                Era más amable ir descalza por la hierba

            remojar los pies en el riachuelo

                deslizarse en la arena movediza

            y sentir su placentero cosquilleo.

 

            (…)

                Caminas torpemente

                por la inmóvil orilla de tus sueños

            sabiendo que a tus pies

            jamás podrás domesticarlos. (51)

 

    La otredad de Consuelo Hernández es la de nuestro mundo contemporáneo. Errante e independiente, su voz poética ya no puede hacerle contrapunto a la sociedad patriarcal, cuya imagen hoy se percibe aherrojada, como parte de la historia que nos precede. El mundo moderno bien puede parecernos una nueva torre de Babel, también construida por los hombres, pero en ella es tanto el desconcierto que ya no se sabe quién pulsa los botones ni cómo detener su crecimiento continuo, ni tampoco imaginar nuestro futuro:

 

                (…)

                Ventrílocua me escucho

                hablar en otras lenguas

                protegiéndome de no sé qué extraño enemigo

                camino por calles ignoradas

                siento los reclamos,

                y las quejas lejanas

                son el eco real de mis paisajes.

                Me duelen la soledad y el frío

                comulgo con mis culpas

                    liviana me desplazo entre autopistas

                bajo un cielo anónimo que pasa por el mundo

                borrando fronteras

                    devorando delirios.

 

                            (“Efectos de la distancia,” 72)

 

 

    El hoy y ahora son la única realidad conocida siempre que puedan seguir comunicándose con el pasado familiar. De otro modo, el presente está acechado por el fantasma de lo imprevisible. Así, el recuerdo de la niñez trabaja en la poesía de Consuelo Hernández como fundamento, aserción, raíz permanente a la que feliz por momentos, y las más de las veces con tristeza, hay que regresar. El pasado transforma el presente en una realidad. En el poema “Casa de la infancia”  nos dice :

 

            Hoy rodó la lluvia entre las tejas

            y saltó del cementerio mi abuelita

            se sentó, como siempre,

                    en el umbral de la cocina

            con la mirada fija en inciertos horizontes

                            y llovía tristezas

            por el cristofué que cantaba entre las ramas.

            

            Mi corazón se durmió bajo las dalias

            mi ser se enterró junto a ese tiempo

            con las aves de otra aurora luminosa…

 

            Siempre tengo que volver a la casa de mi infancia

            a naufragar en ese país deshabitado

            por esos caminos destruidos

                que no tienen piedad con las viajeras. (85)

    

    

    La literatura nos ha enseñado la inmensa tragedia que supone el exilio. Quizás por su tono más bajo, la inmigración tiene poca prensa en el mundo de la crítica literaria, a pesar de que vivimos en una era de migraciones. Es, nos imaginamos, una historia repetida la de buscar nuevos horizontes. Pero sus derroteros son impredecibles. Consuelo es una de las primeras escritoras hispanoamericanas en aceptar el sentido de irrealidad de las ganancias. No necesariamente vamos a un mundo mejor ni podemos aprehenderlo como totalmente nuestro. Y sí, tal como corresponde a las sencillas historias de la inmigración, los poemas de Consuelo Hernández utilizan un lenguaje sencillo, dinámico y concreto. Pero la voz poética que adopta tal lenguaje, esa voz íntima, llega a tornarse en dos versos, en tres, o durante más largos períodos estróficos, en elegía, himno o canto.

    Sube el tono e intensifica su lirismo para afirmarse como poesía, como voz que, escondida en el fondo de la intimidad, es a un tiempo celebración y sufrimiento de la vida. Referencias directas e indirectas a grandes poetas hispanoamericanos abundan en Mi reino sin orillas, ya que el camino literario de Consuelo Hernández le debe su existencia a los hombres y a las mujeres que la precedieron en el verso. Si su voz poética separa pasado y presente, también junta las lecciones líricas, y junta en ellas, los tiempos.

    Inmensa lección la de Consuelo Hernández en cuanto a continuidades. Desatadas y por diferentes caminos anudadas, nos recuerda lo que es la vida: un equipaje que, ya del presente o del pasado, siempre puede sorprendernos:

 

            Desde el fondo de tu valija

            viene esa voz que sin cesar te llama

            el cantar de la acequia que no cesa

            y allí está tu madre

                armándote con su firmamento

            para que puedas transitar por las estrellas.

                                

                                (“Tu valija,” 84)

 

 

Hernández, Consuelo. Mi reino sin orillas. Madrid: Editorial Torremozas, 2016

 

  

 

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